Las ciudades de Alicante y Monóvar tienen algo en común.

Su Castillo, la primera, y su Ermita, la segunda, llevan el mismo nombre: Santa Bárbara. Los dos son monumentos y son parte de sus señas de identidad, culminando, en lo más alto, su entramado urbanístico.

En las últimas semanas han sido noticia los desprendimientos de parte de las murallas del Castillo alicantino y el cierre de algunos de sus accesos.

La Ermita monovera lleva más tiempo, meses y años, mostrando su abandono y la desidia de sus responsables: Obispado, su propietario, Ayuntamiento y Conselleria.

Ahora habría que aplicar la famosa frase que dice “…sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…”.

Los truenos en forma de desprendimientos y de ruina han llevado a movilizarse a las distintas administraciones en busca de soluciones.

Lo peor que puede pasar es que vuelvan “los parcheos” para tapar un problema que existe y que no tiene otra solución que los poderes públicos se pongan de acuerdo, de una vez por todas, y redacten un proyecto integral, que no solo afecte al monumento en sí, sino también a todo su entorno.

El Castillo y la Ermita no son un capricho de nadie es un Bien de Interés Cultural. Los famosos BICs declarados por la Conselleria de Cultura.

No estamos hablando de “banderas azules”, ni de “estrellas Michelin”. Estamos hablando de nuestra Historia, de nuestra Cultura, de nuestra identidad y de nuestros antepasados.

Es de esperar que entre todos seamos capaces de no convertir estos monumentos en solares y podamos dejarlos como herencia a las futuras generaciones.