Y dieron las diez, las once y las doce. El silencio invadió el pueblo. Muchos vecinos no se percataron, pero una minoría, los del barrio, sí se dieron cuenta. Sus cuerpos se estremecieron cuando dirigieron sus miradas hacia lo alto de la colina y vieron que la silueta de la ermita había desaparecido. Ni la cúpula, ni el porxet, ni tampoco la campaneta eran ya visibles.

La tormenta de la noche anterior, con sus truenos, los rayos y el pedrisco, había arramblado con la campana que cada día del año  anunciaba que eran las doce del mediodía.

El suceso corrió por el pueblo como lo hace pólvora. Se formaron grupos y corrillos de gente en la Plaza del Ayuntamiento, y también ante la puerta de la Iglesia Parroquial. Todos querían saber lo sucedido, pero nadie obtenía una respuesta. Tuvo que ser un vecino del barrio quien, gritando, se quejaba y denunciaba la desidia y el pasotismo de todos.

Los congregados ante la puerta del templo, cansados de esperar a que las puertas se abrieran, marcharon hacia la Plaza del Ayuntamiento para sumarse a quienes allí se concentraban, diciendo a coro “Ante la Iglesia hemos topado”.

La multitud reunida en la plaza era cada vez más numerosa. La Policía Local, observando que la situación iba empeorando, advirtió al Alcalde del pueblo, quien inmediatamente acudió raudo desde su casa hasta la Casa Consistorial.

La primera autoridad local, con un megáfono de mano, se dirigió al público con el fin de tranquilizarlo y regalarle una serie de promesas. Entre sus compromiso estaba el de reparar en un corto plazo los destrozos ocasionados por la tormenta y el de restaurar la ermita desde sus cimientos; “la campaneta” sonaría en las próximas fiestas del barrio.

La gente, cabizbaja y ronroneando, empezó a marcharse a sus casas. Algunos estaban convencidos de las palabras del Alcalde; otros, en cambio, desconfiaban, puesto que la desaparición de la ermita se veía venir.

Estos últimos, los escépticos, pensaban que “esto nunca habría ocurrido”, si todos los vecinos, como así decían de boca hacia afuera, hubieran sido realmente tan sensibles a su patrimonio local, a su santa del porxet, a sus fiestas y hubieran sido fieles a esas lágrimas que dicen derramar cada vez que, regresando al pueblo, observan la silueta de la ermita desde la lejanía.

PD: Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad, ya que se trata de un relato ficticio. ¿o no?.